Al inicio, el cuerpo duda,
busca la forma,
pregunta cómo moverse.
Pero basta un instante de quietud
para que algo empiece a asentarse.
Los pies tocan el suelo
como si lo descubrieran por primera vez,
las rodillas se aflojan,
la pelvis cae un suspiro,
y la columna se alarga
sin que nadie la obligue.
La respiración llega sola,
más amplia, más lenta,
como si el aire encontrara un camino
que siempre estuvo ahí.
El peso desciende
con la suavidad de una marea tranquila,
y una ligereza tímida sube por los brazos
hasta hacerlos flotar
sin esfuerzo.
Antes del giro visible
ya ha girado algo dentro,
una espiral pequeña,
casi secreta,
que guía el movimiento
como una intención silenciosa.
Los pasos no avanzan:
se deslizan.
Los brazos no empujan:
se abren.
El cuerpo no fuerza:
escucha.
Y en medio de este aprendizaje,
aparece una quietud inesperada,
un centro que no se mueve
aunque todo alrededor cambie.
Entonces el gesto se vuelve natural,
como si el cuerpo recordara
una forma antigua de estar:
suave,
enraizado,
abierto,
presente.
Luz, Amor y Gratitud 🩷
~ Carolina Llonch
Traducción de Jordi Awarita, Cathy Filion
